Viernes, 14 de noviembre de 2008

UN EXQUISITO COCIDO

Allí cuando llego a la consulta no había nadie. Sólo estoy yo, con cita pero sin ganas. Me atiende amablemente la señorita de la recepción, que me parece más el palo de una escoba boca arriba lleno de pelusas que una recepcionista. Es un magnífico día para recibir malas noticias.

Me da paso a la sala de espera. Repito que no hay nadie. Supongo que dentro de la consulta, reunido con el doctor sí. Esperando no. Sólo yo y un par de ¡Hola! con Bertín Osborne en la portada. Lo dicho, es un excelente día para recibir malas noticias.

Al poco se abre la puerta del doctor e invita a pasar. Antes de eso un coro de perros salvajes sale despidiéndose de la manera más cortés que uno puede imaginar.

- ¡Adios señor dogo¡ Vuelva pronto - se oye desde dentro.

Me senté sobre una silla, dónde si no, mientras el doctor se acerca a una cafetera.

- Siéntese sobre la mesa– me dice con voz chufla dándome la espalda.

Para qué discutir al doctor. Me levanto y tomo sitio en un pico de su mesa, las piernas colgando y medio cuerpo torcido hacia el doctor, que ya se aposta en su butacón. Un butacón rojo, como los de los coches de rally. Desde mi asiento contemplo un cartel con los pescados de la bahía colgado de la pared, al lado del título. Una canina típica de consulta con unas carsona de furbo, seis paragueros uno detrás de otro, un disfraz de batman lila colgado de una percha y una foto de Paolo Futre enmarcada. También huele de muerte. A una olla de habichuelas caliente a mi vera a modo de lapicero humeante.

- Bonita consulta.

- Sabroso - completa el doctor dando un sorbito al café -. A ver, no me voy a andar con rodeos y probablemente esto le va a doler, pero es mi deber informarle. Lo que tiene usted, lo que usted padece, es una presencia que le acompaña.

Al decirme esto no me miraba a mí. Miraba a la silla vacía.

- ¿Es usted médico o un espiritista?

- Pero no se apure – prosiguió el doctor, sin contestarme directamente -. Esto es algo que verdaderamente tiene solución. A ver, yo comprendo que es algo incómodo y que tiene usted que comer por dos. ¿Quiere un poco de habichuelas? Saben un poco a grafito. Y que no es fácil llevarle adosado mientras comparte los momentos más íntimos y que no puede usted desnudarse sin que le vea y, y… ¿Quiere usted un poco de habichuelas?

- ¿Qué?

- A ver, túmbese en la camilla.

Antes de que yo me incorpore para obedecer, el doctor ha llegado a la camilla y palpa en el aire a unos diez centímetros de la superficie de skay.

- Ummm, aquí. El hígado está en su sitio, sí… ¿Ha notado vértigo últimamente? ¿Punzadas? Le duele… no… Vale, ya. A ver, mi veredicto es que quiere a usted comerle el cuello.

- ¿Cómo?

En esto que me ha parecido pescar a la carabela deportista haciéndome una mueca.

Esto tiene solución, pero no va a ser cosa de un día. Le voy a recetar algo.

El doctor mete la mano en el cajón y palpa sin mirar dentro con gesto raro.

- Si parecía que mi talonario estaba aquí… a ver… Ah no, calla. Si me lo comí ayer.

Saca un punzón y empieza a hundirlo sobre la mesa, haciendo muescas como de escritura. El doctor se muere y da un cabezazo sobre la mesa pero resucita como un resorte y continúa escribiendo. Pienso que lo peor va a ser bajar la mesa por la escalera, porque en el ascensor no me va a caber.

Llevo días con la mesa-receta en mi casa, sin saber que hacer con ella. Al pronto resuelvo llamar a la mudanza para que la lleve de vuelta a la consulta. Esa receta no es para mí. A ver si la presencia de la que habla el doctor voy a ser yo. A ver.


Publicado por Fransi @ 0:48 | 1 Comentarios | Enviar

PERPETUA

Ya sé que a todos no les pasa, pero a mí, me inquietan los maniquíes. Ojos en blanco que no miran a ninguna parte. Gestos congelados. Mutilados, sin cabeza, a medio vestir o con peluca. También me causan tristeza. Junto a ello, de siempre me he creído que los maniquíes quieren contarnos algo. Quizá porque desde algún rincón de la tienda o desde un escaparate asisten a nuestras miserias mientras callan como tumbas. Los maniquíes son formas silenciosas de madera o plástico de las que uno no puede evitar creer que alguna vez terminarán por devolverle la mirada.

A veces me he preguntado como sería si los maniquíes poblasen el mundo y nosotros los escaparates. Al fin y al cabo, ellos han contemplado todos nuestros movimientos. Conocen el comportamiento del ser humano, sus alegrías, sus miedos y frustraciones y, sobre todo, sus gustos. Eso es lo más importante, saben lo que nos gusta y cuanto nos entra a través de los ojos. Y de ahí, directo al cerebro. Los maniquíes, desde que salieron de nuestras manos, tienen la llave. Son carne de nuestra carne. Son humanos a los que les robaron el alma en el taller donde los fabricaron.

Toda vez que confundimos el pensamiento con un deseo éste termina por cumplirse

Era un hombrecillo perfectamente ensamblado con partes sobrantes de distintos colores. Un bracito verde, un busto gris. Dos piernas rojas. Otro bracito blanco. Dos pupilas invisibles en un meloncito de plástico por cabeza. Cuando me quise dar cuenta, ya le había entregado mi corazón. Juntó un trocito de él con otros más que había robado y un soplo de allá, y obtuvo la materia necesaria para que los maniquíes cobrasen vida. No sé cuanto duró aquel sueño.

De pronto, parejas de manos postizas que siempre habían estado frías tuvieron tacto. Los lógicos movimientos torpes y mecánicos del principio dieron paso a un caminar seguro y natural perfectamente aprendido durante años. No les fue difícil escapar de sus jaulas con muros de cristal y olor a ropa recién confeccionada. Siempre hay uno de ellos que conoce el funcionamiento de la alarma y la apertura del cierre para saltar afuera. La luz del día, el calor de la tarde y el color de la noche les esperaba.

Me preguntaba como sería si los maniquíes poblasen el mundo y mi respuesta estaba en la calle.

 

La ciudad se tiñó de costumbres ya olvidadas. Los que vestían ropas de señor maduro dieron un paso al frente y tendieron su mano, ayudando a bajar al piso a los que vestían como señoras respetables. Se formaron parejas que pasearon cogidas del brazo, pararon a merendar y al paso de otro dúo al que conocían de años por otro escaparate de la misma acera, el caballero se quitaba el sombrero 

Pronto, se mezclaron entre el gentío normal. El porte distinguido y señorial se fue extendiendo por las terrazas y las plazas rescataron para una ciudad decadente épocas de mejor gusto. Algunos que parecían haber dado el salto desde una sastrería barata de la mafia esperaron a que fuese muriendo la tarde para perderse por la espesura de un callejón.

Los más deportivos aprovecharon la brisa del paseo marítimo para poner a prueba esas camisetas que la propaganda prometía que nunca se empapaban de sudor. Sus cuerpos atléticos causaron el deleite entre los viandantes que, más que mirar al mar, preferían sumergirse en la visión de cuerpos jóvenes con músculos esculpidos en la dureza de una piel esmaltada.

No faltaron a la cita con el ritmo de la música los de aspecto adolescente y con garbo vestidos para la guerra, con un atuendo distinto cada semana. Al que llevaban apenas le quedaba un par de ellas para quedar desfasado para siempre y, por supuesto, les caía infinitamente mejor que aquellos de carne y hueso que lo compraban.

Las muñecas de rasgos finos y belleza eterna caminaron, porque no sabían hacerlo de otro modo, casi con paso militar, arrancando los suspiros más hondos que se pueden respirar y provocando un terremoto en las entrañas de la población masculina con mayor autoestima del lugar. Educadamente algunas, fusilando con la mirada las más fatales, fueron deshaciéndose de aquella caterva de primates rellenos de instintos elementales que besaban el suelo al que caían y que ellas pisaban, con todo el  tiempo del mundo por delante para digerir una derrota que mañana habrían olvidado.

Al cabo el ejemplar de la chaqueta de cuadros a juego con la bufanda, aquel que acababan de traer hacía poco tiempo para sustituir a un compañero que perdió las dos manos en la batalla de las rebajas, la vio. Había suspirado por ella en silencio, pues no cabía otra manera, desde la noche en que lo colocaron desnudo en el escaparate. Ella, la muñeca de aire ausente, lo miró con sus ojos celestes como la claridad y él sintió como si una espada de acero azul incandescente se le clavase en el pecho. Cuando se quiso dar cuenta, ya había quedado desarmado para siempre. La luz amarillenta de un farol fue el único testigo que necesitaron para aquella rendición. 

Innumerables torsos desnudos saltarines fueron el mejor compañero de juego para los chiquillos de plástico vestidos de domingo, que volvieron a llenar de alegría plazoletas y arboledas que años atrás habían conocido el griterío alegre de la gente y que ahora permanecían mudas la mayor parte del día.

Parece que todo aquello sucedió en un día al que le quedaba poco para que empezase a repuntar una nueva mañana.

Los comerciantes encontraron al momento de abrir sus tiendas todos los escaparates vacíos. Petrificados, sus inquilinos esperaban el momento de ser recogidos y devueltos al lugar adonde debían volver a descansar para siempre. La extrañeza duró sólo el momento de llenar aquellos presidios de vidas imposibles y ojos en blanco. Todo volvió a ser como antes. 

 


Publicado por Fransi @ 0:43 | 1 Comentarios | Enviar

Mi?rcoles, 05 de noviembre de 2008

CAMBI? EL LOOK

Que un negro de origen humilde gane unas elecciones a la presidencia de EEUU confirma que el mundo, al menos, se mueve. Y de paso, que los norteamericanos son una verdadera democracia. ¿Os imagináis un negro presentándose a presidente del gobierno aquí, en España?

Publicado por Fransi @ 9:31 | 1 Comentarios | Enviar

Martes, 04 de noviembre de 2008

Y POR QU?

Pues aquí y ahora, antes de que se conozca el desenlace y mientras que de lo que se informa es de sondeos y de que los dos candidatos ya han votado, digo que las elecciones a la presidencia de los EEUU las gana... como se llama este... sí hombre, el patatibiri.

Eso, McCain.

"Y aunque dudo mucho que la ciencia haya intentado dar una explicación, porque su trabajo no le permite detenerse en cuestiones más allá de lo puramente físico, yo, como hombre de inquieto irresoluble me manifiesto en condiciones de responder a lo que se nos plantea.

Creo que puedo machacar la curiosidad de aquellos que se conmueven al oir la historia de la luz al final del túnel. Y aunque probablemente no cumpla con su deseo de satisfacer a las expectativas más fantasmagóricas, el hecho es que el acercamiento a esa mano que la Virgen le tiende al moribundo responde más al continuo trabajo de la mente del paciente, que se debate entre la vida y la muerte, que a la responsabilidad real de los ángeles y todos los santos de asomar la cabeza por el ventanuco de un quirófano para rescatarlo de este barrio.

Como un sueño cualquiera, la actividad de nuestro cerebro prosigue mientras el cirujano de turno nos manipula por dentro. Piense en lo que sueña usted cuando duerme una plácida siesta después de un plato de garbanzos con acelgas. Imagine lo que puede llegar a soñar mientras Il Dottore le está metiendo mano en un segmento del conducto biliar por la parte alta del hígado.

¿Eh? ¿Cómo? ¿Me habla a mí? ¿Que no está de acuerdo? ¿Se dirige a mí aquella planta? ¿Que hay 348 personas en el auditorio y sólo me hace una pregunta un tiesto con una planta de interior? Está bien le responderé y si quiere, hablaremos más tranquilo frente a un tazón humeante de sustrato fertilizante.



Nada más que añadir y, sin más, quisiera despedirme recordando aquellos tiempos en que el fútbol se jugaba en campos muy pequeños. Hace décadas, los estadios eran del tamaño de un llavero y los futbolistas minúsculos. Luego la especie se fue desarrollando y, con la ayuda de grandes lupas clavadas alrededor de diminutos coliseos, el fútbol fue creciendo en dimensiones hasta las que alcanza hoy. Y entonces miles de personas grandes, como nosotros ahora, empezaron a ir a verlo. Y es así como... !Eh, psst! ¡Oiga mozo! Apague aquella antorcha. Está molestando al osito polar de la primera fila. Gracias."


Publicado por Fransi @ 16:41 | 1 Comentarios | Enviar