Viernes, 14 de noviembre de 2008

PERPETUA

Ya sé que a todos no les pasa, pero a mí, me inquietan los maniquíes. Ojos en blanco que no miran a ninguna parte. Gestos congelados. Mutilados, sin cabeza, a medio vestir o con peluca. También me causan tristeza. Junto a ello, de siempre me he creído que los maniquíes quieren contarnos algo. Quizá porque desde algún rincón de la tienda o desde un escaparate asisten a nuestras miserias mientras callan como tumbas. Los maniquíes son formas silenciosas de madera o plástico de las que uno no puede evitar creer que alguna vez terminarán por devolverle la mirada.

A veces me he preguntado como sería si los maniquíes poblasen el mundo y nosotros los escaparates. Al fin y al cabo, ellos han contemplado todos nuestros movimientos. Conocen el comportamiento del ser humano, sus alegrías, sus miedos y frustraciones y, sobre todo, sus gustos. Eso es lo más importante, saben lo que nos gusta y cuanto nos entra a través de los ojos. Y de ahí, directo al cerebro. Los maniquíes, desde que salieron de nuestras manos, tienen la llave. Son carne de nuestra carne. Son humanos a los que les robaron el alma en el taller donde los fabricaron.

Toda vez que confundimos el pensamiento con un deseo éste termina por cumplirse

Era un hombrecillo perfectamente ensamblado con partes sobrantes de distintos colores. Un bracito verde, un busto gris. Dos piernas rojas. Otro bracito blanco. Dos pupilas invisibles en un meloncito de plástico por cabeza. Cuando me quise dar cuenta, ya le había entregado mi corazón. Juntó un trocito de él con otros más que había robado y un soplo de allá, y obtuvo la materia necesaria para que los maniquíes cobrasen vida. No sé cuanto duró aquel sueño.

De pronto, parejas de manos postizas que siempre habían estado frías tuvieron tacto. Los lógicos movimientos torpes y mecánicos del principio dieron paso a un caminar seguro y natural perfectamente aprendido durante años. No les fue difícil escapar de sus jaulas con muros de cristal y olor a ropa recién confeccionada. Siempre hay uno de ellos que conoce el funcionamiento de la alarma y la apertura del cierre para saltar afuera. La luz del día, el calor de la tarde y el color de la noche les esperaba.

Me preguntaba como sería si los maniquíes poblasen el mundo y mi respuesta estaba en la calle.

 

La ciudad se tiñó de costumbres ya olvidadas. Los que vestían ropas de señor maduro dieron un paso al frente y tendieron su mano, ayudando a bajar al piso a los que vestían como señoras respetables. Se formaron parejas que pasearon cogidas del brazo, pararon a merendar y al paso de otro dúo al que conocían de años por otro escaparate de la misma acera, el caballero se quitaba el sombrero 

Pronto, se mezclaron entre el gentío normal. El porte distinguido y señorial se fue extendiendo por las terrazas y las plazas rescataron para una ciudad decadente épocas de mejor gusto. Algunos que parecían haber dado el salto desde una sastrería barata de la mafia esperaron a que fuese muriendo la tarde para perderse por la espesura de un callejón.

Los más deportivos aprovecharon la brisa del paseo marítimo para poner a prueba esas camisetas que la propaganda prometía que nunca se empapaban de sudor. Sus cuerpos atléticos causaron el deleite entre los viandantes que, más que mirar al mar, preferían sumergirse en la visión de cuerpos jóvenes con músculos esculpidos en la dureza de una piel esmaltada.

No faltaron a la cita con el ritmo de la música los de aspecto adolescente y con garbo vestidos para la guerra, con un atuendo distinto cada semana. Al que llevaban apenas le quedaba un par de ellas para quedar desfasado para siempre y, por supuesto, les caía infinitamente mejor que aquellos de carne y hueso que lo compraban.

Las muñecas de rasgos finos y belleza eterna caminaron, porque no sabían hacerlo de otro modo, casi con paso militar, arrancando los suspiros más hondos que se pueden respirar y provocando un terremoto en las entrañas de la población masculina con mayor autoestima del lugar. Educadamente algunas, fusilando con la mirada las más fatales, fueron deshaciéndose de aquella caterva de primates rellenos de instintos elementales que besaban el suelo al que caían y que ellas pisaban, con todo el  tiempo del mundo por delante para digerir una derrota que mañana habrían olvidado.

Al cabo el ejemplar de la chaqueta de cuadros a juego con la bufanda, aquel que acababan de traer hacía poco tiempo para sustituir a un compañero que perdió las dos manos en la batalla de las rebajas, la vio. Había suspirado por ella en silencio, pues no cabía otra manera, desde la noche en que lo colocaron desnudo en el escaparate. Ella, la muñeca de aire ausente, lo miró con sus ojos celestes como la claridad y él sintió como si una espada de acero azul incandescente se le clavase en el pecho. Cuando se quiso dar cuenta, ya había quedado desarmado para siempre. La luz amarillenta de un farol fue el único testigo que necesitaron para aquella rendición. 

Innumerables torsos desnudos saltarines fueron el mejor compañero de juego para los chiquillos de plástico vestidos de domingo, que volvieron a llenar de alegría plazoletas y arboledas que años atrás habían conocido el griterío alegre de la gente y que ahora permanecían mudas la mayor parte del día.

Parece que todo aquello sucedió en un día al que le quedaba poco para que empezase a repuntar una nueva mañana.

Los comerciantes encontraron al momento de abrir sus tiendas todos los escaparates vacíos. Petrificados, sus inquilinos esperaban el momento de ser recogidos y devueltos al lugar adonde debían volver a descansar para siempre. La extrañeza duró sólo el momento de llenar aquellos presidios de vidas imposibles y ojos en blanco. Todo volvió a ser como antes. 

 


Publicado por Fransi @ 0:43 | 1 Comentarios | Enviar

Comentarios
Añadir comentario

  • Autor: Invitado
  • Fecha: Mi?rcoles, 19 de noviembre de 2008
  • Hora: 20:35
Y sin embargo yo s? de un tipo que le pon?a cachondo un escaparate en la calle Valverde.

Coke