
- ¿Ése portátil de ahí es tuyo?
- Sí.
- Pues tío, se lo está llevando la grúa.
A lo justo me queda sólo la multa. Que pronto me acabo de ahorrar
unos billetes. "Que suerte. Ooooh! Éste puede ser un día afortunado", me dirijo
a mí mismo, complacido. Tanto no, pero en algo me lo noto.
Palpo a la vez que mis baterías empiezan a recargarse y voy
deshaciéndome de la sensación de sueño. En él último sorprendo a un conocido
tratando de evitarme con una bolsa del supermercado cubriéndole la cabeza. Me
doy cuenta de que llora. Le quito el plástico y huele a cebollas. Hay personas
que pasaron por mi vida y se quedaron a vivir en mis sueños.
Yo intento tratarlos bien, puesto que nos vemos a menudo,
normalmente de noche. A veces sueño de día, pero entonces no suelen salir.
Supongo que sí, que saldrán a la calle, pero en mi sueño no salen. Ya digo que
se quedaron a vivir en mis sueños. Y yo intento tratarlos bien. Les llevo huevos
y leche condensada, pan, azúcar. Queso de tetilla y refrescos. Soy cuidadoso en
este aspecto.
Un día hubo uno que me pidió cerillas. No llevaba encima
ninguna, después se queda el olor a fósforo en los bolsillos y no me gusta.
Corrí a comprarle una caja, pero no encontré lugar que las vendiese. Todo eso
en mi sueño. Así que me desperté, bajé a comprárselas y me dormí otra vez.
Logré pasar el control e introduje las cerillas en mi sueño. Se las di. Observé
como prendió una a una hasta que el rascador quedó inservible. Entonces intentó encenderlas en mi barba. No lo intentó, yo se lo ofrecí, aunque declinó
amablemente. Ejemplo de breves ensoñaciones que recuerdo impregnadas de un
fuerte olor a pera.
Algunos perdieron la cabeza y la encontraron en mis sueños. Ojos
que se cerraron para siempre viven en mis sueños. Allí son felices y no les
falta de nada. Si es necesario, les oscurezco su habitación para que duerman y
les tapo los pies para que no se enfríen. Cuando están dormidos, yo aparezco en
sus sueños que están dentro de mi sueño. Entonces se forma un meteoro de
inconsciencia blanca y azul y yo me precipito en su confluencia. La parte
celeste la llamo. El nombre se lo he puesto ahora y ahí es cuando me
despierto, mientras ellos siguen soñando.
He tenido en mis manos sueños que se me escaparon como si
agarrase un rayo de luz. Y aunque no siempre son sueños felices, porque a veces
me traga una lengua negra y me desespero intentando salir, al final encuentro
un agujero por el que me asomo y veo la claridad. En ese instante, todo parece más limpio.